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Francisco Murillo
Equipo de ArKetipo
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10 feb 2021
In Bitácoras de Artista
La cumbia une Centroamérica. Aquella música de pobres es, sin lugar a dudas, la bandera de unión regional. Aquel territorio lleno de desigualdades, contrastes, amores y odios, clases sociales e intereses, se pone de acuerdo enuna sola cosa: la cumbia. Es un acuerdo tácito, pues nadie firmó un tratado ni se ha escrito ninguna ley al respecto. Sin embargo, la cumbia es una fuerza a la que nadie pone resistencia: entra a los autobuses, a las casas, a las fiestas, sin importar clase social, género o predilección política. Ese aspecto unificador que tiene dicho género musical, me generó muchas preguntas, las cuales, diez años después, continuo respondiéndome. Salí a Centroamérica entre 2004 y 2007 como turista y para cantar mi primer disco Exposición de la ciudad. Después de varios viajes, sentí mi música inútil, fuera de contexto, ajena a la realidad de mi región. Fue entonces que se empezó a abrir otro camino, el camino de la cumbia. Volví a Costa Rica confuso, nublado, un poco decepcionado de mi trabajo, lleno de vacíos. El acercamiento con Centroamérica en lugar de darme respuestas me había llenado de muchas preguntas. Cuando le comenté a Iván Pitti lo que había percibido de la cumbia en mi viaje, recibí de su parte una cátedra de música tropical que duró varios años. Ya Iván lo había visto desde hace mucho tiempo antes: el lenguaje que se habla en nuestra región está liderado por el tambor. Iván apostaba por abandonar la trova fétida y hacer un camino en la música tropical. Estuve de acuerdo en aquella sabia propuesta, tanto así que firmamos el famoso Pacto de Liberia, en el cual asumíamos un viraje hacia la música tropical. Escribí Corazón roto y empecé a cantarla en mis conciertos de trovador. A la gente le gustó aquello de la cumbia. Un mes después ya tenía La Malacrianza y Fin del Mundo. En 2009 regresé a Guatemala al Festival de Cine Ícaro. Ya en aquel viaje llevaba unas cuantas canciones nuevas bajo el brazo. Para ese tiempo, eso de las cumbias, se llamaba Mandalla. De hecho, hice una presentación en la televisión de Guatemala, gracias a Pablo León “El Tico”, cantando Corazón roto bajo ese nombre artístico. Una presentación bien pintoresca en la que los músicos de otra banda me acompañaron y unos payasos invitados al programa hicieron la parte coreográfica. El nombre Rialengo llegó tiempo después. Rialengo era solamente un sueño. Una idea de hacer un proyecto musical de cumbia. Concretamente, Rialengo era un demo de tres canciones: Corazón roto, La Malacrianza y Fin del Mundo. Pretendía mandar las grabaciones a managers, productoras, editoras musicales de distintas partes del mundo y encontrar quién financiara la producción discográfica. Quería moverme en terreno seguro, la experiencia de mi primer disco me había dejado agotado y, además, desfinanciado. Pero el destino quizo que Rialengo tomara un rumbo que no me había alcanzado imaginar. DISCO MÚSICA PROFANA: EMPEZAR A GRABAR. Tenía unos pocos ahorros y decidí invertir en el proyecto. El primer paso fue contratar a Alberto Ortiz para grabar. En aquel momento Alberto aceptó producir, grabar y mezclar una canción por 500$. Buscaba una producción de alto nivel y con Alberto había mezclado mi primer disco. Él me pareció un profesional excepcional, con una humildad y trato únicos, además con una trayectoria como pocos en Costa Rica. Me ayudaron en esta travesía Gabriel Gutiérrez en la batería, Carlos Delgado en la guitarra eléctrica, Nelson Álvarez en los teclados, Andrés Jiménez en el bajo, Bernardo Quesada en la percusión, coros y teclados. También Karla Gutiérrez e Iván Pitti en los coros. Para esa época vivía cerca de La Cosecha en Sabanilla, junto con Bryan Fernández e Iván Calvo. Con Iván pude pasar muchas noches de vino y bohemia, comentándole acerca de mis ideas sobre la cumbia, él estaba muy emocionado y siempre me aportaba puntos de vista interesantes. Le había comentado mis planes de tener un demo de 3 canciones (que era el mínimo sugerido para enviar a las productoras). Un día, con una gran sonrisa, me dijo que me quería ayudar con mi proyecto, que había ganado un dinero con unas comisiones en el trabajo y que quería apostarle a Rialengo y a mi carrera como músico. En total, el aporte sería de 1500$, 1000$ para grabar La Malacrianza y Fin del Mundo y otros 500$ para comprar un teclado Privia y aprender a tocar piano. Aquel empuje económico de Iván potenció el avance de Rialengo. De una vez hablé con los músicos y les dije que había conseguido dinero para grabar dos demos más y así completar el material promocional. Ivan me giró 1000$ y con eso pagué el 50 % de adelanto de la producción y me compré el teclado. Un mes después Iván se comprometió a darme la otra parte y cancelar el otro 50% de la grabación.  Rialengo, por fin, empezaba a tomar forma. Empezamos a trabajar en el estudio con La Malacrianza y Fin del Mundo, y el grupo de colaboradores se fue ampliando: Karla Gutiérrez en los coros, Ernesto Gallardo en la percusión (invitado por Iván Pitti), Héctor Murillo en el acordeón, Adrián Alvarado en las guitarras, Claudia Elizalde en los coros, Nelson Álvarez en los teclados y Natalia Rodríguez, bailarina de flamenco, quien colaboró para que hiciéramos un experimento con Ernesto Gallardo, mezclando un bombo leguero con el zapateo y palmas del flamenco. Tiempo después, Natalia participó en dos shows de Rialengo, bailando flamenco durante La Malacrianza. Cuando finalizó la grabación de La Malacrianza y Fin del Mundo y se acercaba el momento de pagarle a Alberto Ortiz el 50% faltante por su trabajo, Iván Calvo me confesó que le habían fallado las cuentas y que ya no me podía ayudar con los quinientos dólares que faltaban. En aquel momento, la única opción era vender el teclado y pagar la deuda. Así fue. El teclado fue flor de un día, pero finalmente había concretado el primer paso para este nuevo proyecto musical: un demo de tres canciones. El paso siguiente era tomar la base de datos y probar suerte con las productoras internacionales, a ver quién se interesaba para hacer un disco. Sin embargo, el destino había planeado otra cosa, y esos envíos nunca se concretaron. El disco llegó, por otros medios, pero llegó.
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